El Herbario de Emily Dickinson

Dice Emily Dickinson (1830-1886)[1] en uno de sus poemas : Morí por la Belleza[2].  Garabateados a lápiz en trozos de papel (márgenes interiores de sus libros, trozos de periódico, solapas de sobres, fragmentos arrancados a mano…), sus textos están cargados de una natural y sutil delicadeza y al mismo tiempo,  de una fuerza poderosa y mística que nos atraviesa; que toca cada una de las fibras de nuestro ser, haciendo que vibren.  

Y es que Dickinson es una rara avis para su tiempo: nacida en 1830 en Amherst (Massachusetts), en el seno de una influyente familia de fe protestante, se formó en muy diversas disciplinas (latín, astronomía, botánica, literatura,…) en un internado femenino –la Amherst Academy[3]–  por expreso deseo de su padre, Edward Dickinson, reputado abogado, político (fue senador, diputado y congresista), empresario y filántropo. Fue precisamente este empeño de sus progenitores, sumado a la predisposición natural de la propia Emily, el que contribuyó a forjar ese espíritu curioso, meticuloso y sensible de la poeta. Nunca dejó de escribir a lo largo de su vida. De ese exhaustivo trabajo de reflejar su mundo en detalle, conservamos sus poemas y una voluminosa correspondencia: sus dos cordones umbilicales, su único contacto con el mundo exterior –sobre todo, en sus últimos años de vida–.

También nos queda su herbario, de cuidada factura, que la escritora no dejó de alimentar desde su adolescencia. Su pasión por la botánica (unida a la sólida formación recibida en este campo en su estancia en la Amherst Academy) se revela en la meticulosa tarea de recolección y clasificación de más de cuatrocientas especies diferentes de plantas, hojas y flores de la flora local. Cada una, identificada en una pequeña etiqueta escrita con la elegante caligrafía de la poeta.

Pero todo ese herbario, ese banquete floral que Dickinson prepara para nuestros sentidos, no se reduce a un catálogo: podemos apreciarlo en cada giro de sus versos, en el rincón más íntimo de sus palabras. Un pantone infinito, un buffet de colores, aromas y paisajes que nos llevan de la mano por las diferentes estaciones pasando  ante la ventana de su cuarto; que nos alienta a la observación de lo pequeño, de lo simple, de lo humilde…, a veces desde lo trascendental y filosófico, a veces desde el humor o la fina ironía. Y es que, así, Dickinson reivindica la eternidad, la libertad de su espíritu, su deseo de trascendencia.

En su herbario –como en sus poemas–,  recoge lo más pequeño y lo inabarcable. Lo simple y lo complejo. Lo humilde y lo soberbio. Lo delicado y lo indestructible. Lo fugaz y lo que siempre permanece.

La grandiosidad del Universo es una brizna de hierba.


BIBLIOGRAFÍA

  • Dickinson, E.; Gallud, E. (trad.) (2020). Herbario y antología botánica. Madrid, España: Ya lo dijo Casimiro Parker Ed.
  • Dickinson, E.; Rey, J.L. (trad.) (2015). Poesías completas: Tomos I, II y III. Madrid, España: Visor Ed.
  • Dickinson, E.; Pujol, C. (trad.); Jaume, A. (ed.) (2017). Morí por la belleza. Barcelona, España: Penguin Random House G. Ed.
  • Sewal, Richard B. (1992) Science and the poet: Emily Dickinson’s Herbarium and “The clue divine”. Harvard Library Bulletin 3(1), Spring 1992: 11-26. Massachusetts, Estados Unidos: Harvard University Press

 

[2] I died for Beauty – but was scarce / Adjusted in the Tomb/ When One who died for Truth, was lain / In an adjoining Room – / He questioned softly «Why I failed»? /»For Beauty», I replied – /»And I – for Truth – Themself are One – /We Brethren are»,  He said – /And so, as Kinsmen, met a Night — / We talked between the Rooms –/ Until the Moss had reached our lips – /And covered up  – our names – (449)

[3] Con posterioridad a su estancia en Amherst Academy, amplió su formación durante un año más en el seminario femenino Mount Holyoke, tras la que regresó a la casa familiar en Amherst, que ya no abandonaría durante su vida.


Por María Vázquez www.linkedin.com/in/mvazquezscq

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