Por una cirugía estética realista, coherente y con principios

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email

Son muchos los prejuicios que, aún a día de hoy, pesan sobre una de las especialidades médicas más conocidas y cada vez con más adeptos en todo el mundo: la cirugía estética.

Panacea de la eterna juventud para unos, viva expresión de la vanidad humana para otros, lo cierto es que ni la pandemia ha logrado detener su imparable avance. Tanto es así que tras los meses más duros del -ya lejano- confinamiento, las solicitudes de citas en las clínicas de cirugía estética se dispararon, solo en nuestro país, hasta el 14,8%.

La sobreexposición a las pantallas y la modalidad de teletrabajo para desarrollar la actividad profesional han constituido el caldo de cultivo perfecto para que miles de personas hayan cobrado conciencia de su apariencia física. Muy especialmente, y para mal, de su rostro. Un fenómeno que los especialistas han denominado “Dismorfia de Zoom” y que ha puesto sobre la mesa, quizás con más contundencia que nunca, el urgente reclamo de vernos y percibirnos más jóvenes, bellos y saludables.  

De otro lado, la intensificación del uso de las redes sociales y la libre disposición de filtros de todo tipo, sobre todo en Instagram, han provocado que en estos dos últimos años seamos cada vez más renuentes a mirarnos al espejo y enfrentarnos naturalmente a nuestro verdadero rostro y nuestra auténtica corporalidad. Al punto de que casi nadie comparte por los predios digitales imágenes que no estén retocadas. En algunos casos, hasta el infinito.

El desfase entre cómo nos percibimos y cómo somos realmente -y la insatisfacción que esto nos provoca- ha disparado, como decíamos al principio de estas líneas, un intenso peregrinaje a las clínicas de cirugía estética. Azuzado, sobre todo en el caso de las mujeres, por la presión de los estándares de belleza femeninos pese a la aparente normalización y positivización, también a resultas de la pandemia, de otras fenomenologías asociadas al paso del tiempo como las canas, amplificadas y celebradas a nivel mundial a través del Grey Hair Movement.  

Se hace absolutamente necesario en estos tiempos, pues, una práctica coherente y realista de la cirugía estética. Un acercamiento intensivo de la lupa, por parte de los cirujanos plásticos, a las peticiones y expectativas estéticas que plantean los individuos. Y un sereno ejercicio, por parte de estos últimos, de reconciliación con la propia corporalidad. Básicamente, para no despojar a la cirugía estética de su más noble cometido y sentido último: la restauración de la apariencia física y/o la recuperación de la funcionalidad anatómica cuando estas son inalcanzables a través de otros métodos.

Nunca hombres y mujeres tuvimos tan al alcance de la mano la posibilidad de retocar nuestros rostros y nuestros cuerpos. Nunca fue más sencillo superar la rémora de nuestros complejos y quitarle arrugas y tristeza a los ojos gracias a la blefaroplastia, recuperar nuestra figura gracias a la contornoplastia o dar la bienvenida a la primavera con unas piernas acordes a nuestra anatomía gracias a la liposucción de muslos.

Cuando Harold Gillies, médico del Ejército Británico, puso toda su experiencia y sabiduría en la reparación de los rostros y los cuerpos destrozados por la metralla de los soldados supervivientes de la I Guerra Mundial, estaba sentando -sin saberlo- las bases de lo que, décadas después, la Humanidad conocería como cirugía estética. Una apasionante especialidad que, como entonces y en muchos casos, continúa al servicio de la recuperación de la autoestima del individuo y que, por tanto, también se adentra en la esfera de su bienestar psicológico.

De todos depende no perder la cabeza en el intento de ser quienes no somos. Ni podremos ser. Por fuera y sobre todo, por dentro. Sin criterio, cordura y honestidad, la cirugía estética no es más que un commoditie al servicio de la irrealidad. Que nos devuelve, paradójicamente y como estamos tristemente acostumbrados a ver por ahí, la peor imagen de nosotros mismos.    

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email

Artículos Relacionados